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Este viaje a Buenos Aires me da
ocasión de recordar y aportar algunas cosas que han
ocurrido en el viaje de retorno. Cuando viajamos de
nuevo desde Buenos Aires hacia Santa Fe, cruzamos el
río de las Conchas en cuya región vimos manadas enteras
de perros cimarrones que suelen alimentarse de terneros
y potrillos en el campo, ellos viven en pleno campo
en cuevas debajo tierra; según los agujeros por los
cuales un campo muy ancho y amplio está minado, se puede
deducir cuántos miles de perros viven sobre este campo.
Aunque los vecinos de Buenos Aires y alrededores salen
a caballo de cien a doscientos hombres armados para
exterminar estos perros, parece no ser posible de exterminarlos.
No les falta alimento alguno porque sobre este campo
pacen tantos miles de ganado astudo y caballos, en parte
de ganado manso, en parte de arisco; si no fuere esto,
ningún ser humano podría viajar por este camino sin
peligro de ser desgarrado por los perros. Pero como
ellos son perseguidos, se asustan v tienen miedo; en
cuanto ven a alguien a caballo, emprenden pronto la
huída y buscan sus agujeros. Mis músicos tuvieron en
este campo una caza divertida.
Todos estuvieron encabalgados con
sus lazos y boleadoras; como ellos vieron tantos perros
reunidos, cabalgaron rápidamente hacia ellos. Si los
agujeros no hubieran estado tan cercanos uno del otro
en los cuales se metieron presto, ellos hubieron agarrado
muchos, sí bien quince quedaron entre sus lazos y boleadoras
a los cuales mataron todos. Pero como ellos son también
grandes amantes de los perros, habían agarrado también
seis chicos v atado en los deis carros de carga que
yo llevaba conmigo, pero qué imposible llevarlos, pues
como eran fuertes y ariscos v trataban siempre de libertarse
de las sogas, se ahorcaban ellos mismos; los otros mordían
en derredor de ellos que nadie se podía acercárseles;
por ello debieron matar a todos pues nunca se hubieron
amansado v tal vez nosotros hubiéramos llenado nuestro
contorno, campos y bosques, con perros cimarrones que
hubieren causado un gran peligro tanto al ganado como
también a las gentes.
Después pasamos el río Arrecifes
y finalmente llegamos al río de Areco, a veintidós leguas
de Buenos Aires donde el Colegio de Buenos Aires tenía
una pequeña alquerita(1) que ellos llaman estancia.
Allí vivían tres jesuítas. dos hermanos que di rigían
la explotación y un sacerdote que como capellán atendía
las almas de los moros negros de ahí, que eran esclavos
del Colegio y cuidadores de ganado. Allí vivían alrededor
de cuarenta familias de negros, que también ejercían
la agricultura y trabajaban en un horno de ladrillo.
Los demás estaban encargados del ganado del cual vivía
el Colegio, junto con sus esclavos. Había hasta doce
mil cabezas de ganado astudo; ellos
(1) Kleines Gütel, diminutivo
de Gut, o sea una heredad. Paucke se refiere con el
diminutivo probablemente a "las casas", pues el número
de ganado enumerado a renglón seguido nos indica un
importante establecimiento rural.
Tenían también algunos miles de
caballos junto con una numerosa /crianza de mulares.
Diariamente debían ser arreados temprano los caballos
desde el vasto campo hasta la estancia a los corrales,
para que los negros tuvieren los caballos necesarios
para el resto del día para revisar el campo y recoger
el ganado. Yo permanecí con mis indios cuatro días en
este paraje; allá tenían suficiente diversión y ocasión
de probar sus boleadoras las que también los moros conocen
con gran maestría y pueden usar tal vez aun mejor que
mis indios.
Cuando los moros traían en la madrugada
los caballos a los corrales, había siempre veinte a
cuarenta caballos cimarrones mesturados entre ellos,
que sobre los amplios o extensos campos se habían agregado
a los caballos mansos; pero como tales caballos cimarrones
son perjudiciales a los mansos cuando se mezclan con
ellos, y extravían frecuentemente muchos cientos de
caballos mansos, por trescientos, cuatrocientos y más
que sobre un campo de cien y más leguas ya no son de
encontrar más ni pueden ser campeados a causa del gran
calor solar y carencia de agua, tratan ellos de matar
los caballos cimarrones (que junto con los mansos fueron
arreados a los corrales) lo que ocurre del siguiente
modo: los negros les tiran al pescuezo el lazo que está
bien asegurado a la cincha del recado del jinete, sacan
a la fuerza al caballo cimarrón desde los corrales al
campo; ahí ya están otros negros de a pie con sus lazos,
los tiran a los caballos brincantes a las patas, cierran
a tirones [el lazo] y los voltean al suelo. Cuando está
echado, libran de. lazos los pies y el pescuezo, y con
un cuchillo filoso abren de un solo tajo la barriga;
el caballo se endereza de un salto y se aleja con las
tripas colgantes para afuera de la barriga que son desgarradas
por los saltos del caballo hasta que éste finalmente
a los cien pasos se cae y muere.
En una mañana yo he visto matar
así cuarenta caballos cimarrones que todos quedaron
tirados no lejos de los corrales: Al día siguiente todo
blanqueaba a la mañana donde yacían los caballos, tampoco
no vi otra cosa que los limpios huesos completamente
despejados de carne de todos los cuarenta cadáveres.
Yo extrañé que bestias salvajes habrían comido en una
noche los cuarenta caballos y supe que / los perros
cimarrones de la región han hecho esto por lo cual se
puede deducir que sobre estos campos los perros cimarrones
viven a miles. Si ellos encuentran entre estos caballos
encerrados algunos potrillos bien formados, los dejan
vivir, los jinetean y los amansan. Mis músicos deploraban
el gran desperdicio de tantos caballos, rogaron a los
negros les cedieren algunos de los jóvenes equinos útiles,
ellos querían llevarlos consigo a su aldea. Los negros
les dieron la libre elección de llevar consigo los que
quisieren.
FLORIAN PAUCKE(2)
(2)
FLORIAN PAUCKE. (1719.1780).-Jesuita alemán llegado
al Río de la Plata como misionero en 1749. Estuvo en
Córdoba y después en Santa Fe. donde desempeñó como
misionero entre los indias mocovíes de San Javier una
plausible y dilatada labor hasta la expulsión de la
Compañía en 1767. "Paucke -dice el traductor de su obra
don Edmundo Wernicke- reunía s su gran celo de propagador
de la fe y a su amplia cultura general, una provechosa
experiencia en los trabajos generales y un profundo
conocimiento de la música, siendo a la vez un buen compositor".
Vuelto el P. Paucke a su país después de la expulsión
de los jesuitas, escribió un extenso memorial sobre
sus trabajos en América y dejó sus manuscritos en el
convento cisterciense de Zwetti, en la Baja Austria,
donde fue huésped porque había sido disuelta la orden
a que pertenecía. En el referido monasterio se sacaron
copias que allí permanecieron junto con los dibujos
de Paucke, algunos coloreados y de un gran valor documental.
La obra de Paucke ha sido publicada integra en castellano
por el departamento de investigaciones regionales de
la Universidad de Tucumán, traducida por don Edmundo
Wernicke, en 1942. La obra de Paucke representa riquísimo
venero para el estudio de los historia colonial en múltiples
aspectos.
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