“
LOS AMANTES DE LA ALEGRIA “
“Esta
murga se formó un día que llovía, por eso le pusimos.......”.
Así comenzaba la canción con la cual se presentaba
la murga formada por los chicos de la cuadra, habitantes
de esa calle donde terminaba el asfalto.
El
grupo iniciaba los preparativos mucho antes que llegara
Carnaval, cuidando con tiempo de alistar el vestuario,
los instrumentos e inventar, adaptar o plagiar nuevos
cánticos, excepto claro está, el consabido estribillo
de presentación. Luisito Bustelo, hijo de un “motorman”
de tranvía de la Compañía Anglo, oficiaba de director,
ya que por edad y temperamento era el líder indiscutido
de la barra.
Más
allá de los murguistas ocasionales, esos que en todos
los grupos existen, la murga tenía componentes de
“fierro”, es decir los históricos, los que todos los
años participaban de ella: Jesús, Osvaldo, Caramanchada,
Pichón, el tano Nico, el Noi y el Faina Chico.
El
flaco Jesús no hacía honor a su nombre. Lo habían
echado de la escuela pública por incorregi! ble y
cursaba el segundo grado en una escuela de curas.
Osvaldo, el gordito del grupo, iba siempre a la cola
de la hilera bullanguera debido a su andar cansino.
Caramanchada,
a quien en el barrio llamaban así por una pequeña
mancha, parecida a una frutilla, que tenía en la cara
y que según se decía era el producto de un antojo
incumplido de la madre durante el embarazo. Pichón,
delgado y de pelo rubio ensortijado, era huérfano
de madre y por lo tanto el hijo de todas las otras
“viejas”.
Siempre
tenía reservado un lugar a la hora de comer, en la
mesa de los demás chicos. Era como un hermano para
todos. El tano Nico, hijo del verdulero, tenía una
voz maravillosa que le permitía cantar desde una “canzonetta”
hasta un tango en sus solos interpretativos dentro
de la murga. El Noi, a quien le pusieron este apodo
porque cuando era muy chico y al modo de sus mayores,
en lugar de decir nosotros decía “noi”.
El
“luthier” del conjunto era el Faina Chico, así llamado
para diferenci! arlo de su hermano mayor apodado Faina
Grande. Ambos eran los hijos del pizzero. Sin que
existiera un código escrito, el vestuario de la murga
de la cintura hacía abajo era libre. Generalmente
se trataba de un viejo pantalón arremangado que se
arrastraba por el suelo barriendo las veredas y zapatillas
de lona con suela de goma o alpargatas.
El
cuerpo, normalmente desnudo, se cubría con una prenda
confeccionada en arpillera. La del conductor del grupo
era de tipo levita, con faldón ribeteado en color
rojo y el resto vestía chalecos festoneados en vivos
colores. En su cabeza, el director llevaba la tradicional
galera de cartulina negra, en tanto los otros integrantes
usaban sombreros, gorros, bonetes o vinchas con plumas.
El
director también ostentaba la clásica batuta y un
pito estridente con el cual marcaba a los demás lo
que debían hacer. Como maquillaje utilizaban un negro
descolorido que se obtenía quemando un corcho que
luego los murguistas frotaban sobre la piel, para
simular bigotes, peritas o prolongar patillas, como
también para trazar caprichosas líneas sobre sus brazos
desnudos.
Los
instrumentos con que acompañaban sus cánticos eran
muchos. El más elemental: dos tapas de cacerolas de
aluminio que se golpeaban entre sí. Utilizaban también
dos listones de madera con una lata de conserva en
cada uno de sus extremos, ensamblados por un tornillo
con arandela y tuerca.
El
instrumento se accionaba igual que una tijera de cortar
césped y emitía un sonido disonante, pero efectivo.
Otro: un trozo de palo de escoba que sostenía una
lata de aceite a modo de violín y que era golpeada
con una vara de mimbre para marcar el ritmo. Jesús
hacía sonar un viejo cornetín que había encontrado
vaya uno a saber donde.
Caramanchada
esgrimía un alambre en el cual estaban ensartadas
cierta cantidad de tapitas de bebidas que al ser agitadas
en un sube y baja acompasado, chocaban entre sí y
emitían un particular sonido de “tachín, tachín”.
No faltaba el tambor de lata, la armónica y una bocina
que sonaba al ser apretada la bocha de goma que tenía
en un extremo.
La
murga salía a brindar su alegría a la gente del barrio,
una vez terminados los juegos de agua, es decir cuando
los vecinos se sentaban en la vereda a tomar fresco,
utilizando reposeras y sillas o banquitos con asientos
de paja. Sonando sus instrumentos, saltando y haciendo
piruetas, los murguistas se acercaban a los grupos
para “ofrecer sus graciosos servicios” diciendo: “
le cantamos diga “ o bien “ le cantamos doña”.
Si
el convite era aceptado, comenzaban a desparramar
su algarabía cantando versos insinuantes o directamente
picantes, según captaran el gusto de su improvisado
auditorio o bien respondiendo a los pedidos que recibían.
Al finalizar cada actuación cosechaban monedas, la
ofrenda de una bebida o algunas veces un puntapié
en el trasero, cuando se ponían pesados o traicionados
por su intuición , se excedían en el vocabulario empleado.
Una
vez finalizado el periplo del día, regresaban cansados
y con la pintura corrida por el sudor para, sentados
en el co! rdón de la vereda, contar y repartirse lo
recaudado. Estas actuaciones se repitieron durante
varios Carnavales, hasta que un día no se vio regresar
al grupo a la cuadra. Cuentan que al llegar las primeras
sombras de la noche, la murga se encaminó silenciosa
hacía el poniente y se perdió de vista tras la estación
del tren. Ese fue el día en que “ Los Amantes de la
Alegría ” se marcharon por las calles del barrio,
para nunca más volver!
José
Pedro Aresi